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domingo, 22 de julio de 2012

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto


 El evangelio de Mateo presenta el Sermón de la Montaña como el cumplimiento de la Torah: como Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Torah, así Jesús sube 'al monte' para entregar al pueblo la nueva Ley.
 
I.«Habéis oído que se dijo a los antepasados: “no matarás”, y aquel que mate será reo ante el tribunal
Pues yo os digo: todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal..»
 
II. «Habéis oído que se dijo: “ no cometerás adulterio”.
Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón...
 
III.«También se dijo: el que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio."
Pues yo os digo: todo el que repudia a su mujer... la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.»
 
IV.«Habéis oído también que se dijo a los antepasados: “no perjurarás...”
Pues yo os digo: que no juréis en modo alguno...»
 
V.«Habéis oído que se dijo: “ojo por ojo y diente por diente”.
Pues yo os digo: no os resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra...»
 
VI.«Habéis oído que se dijo: “amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”
Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos...»


En este sermón tenemos las antítesis, "habéis oído que se dijo (...) pero yo os digo". Este "habéis oído que se dijo" es lo que se denomina pasivo divino, que es una forma verbal hebrea para evitar nombrar a Dios.

Justo en esto reside el escándalo, Jesús nivela sus enseñanzas a las de Dios, a la Ley entregada a Moisés. Él no explica la Ley argumentando con otros textos de la Escritura, sino que la corrige con su propia autoridad. Con todo, debemos señalar que Él no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a su verdadero cumplimiento, a su plenitud, libre de todo añadido o desvirtuación.

En Jesús vemos que hay una propuesta de libertad radical, él es el hombre libre por antonomasia, aquel que no teme perder su reputación, que no está anclado a falsas seguridades, al tener, a lo preestablecido... Él posee la libertad verdadera, aquella que viene de Dios mismo que, lejos de ser un rival para el hombre, es su mejor valedor.

Bien mirados, estos preceptos parecen impracticables y contrastan con nuestra debilidad. Como me decía un anónimo comentarista, los que nos consideramos seguidores de Jesús no somos mejores que nadie, no estamos exentos de las mismas debilidades que el resto de seres humanos. Intentamos imitar a Jesús, con nuestros muchos defectos. 

Precisamente en esa aparente "impracticabilidad" que señalábamos más arriba, sacamos dos conclusiones que son de vital importancia:

1- Esa distancia es la que evita que caigamos en la "religión del mérito" y nos recuerda la importancia capital de la Gracia.

2- Se pone de manifiesto que esta vida en libertad, el estilo de Jesús, sólo es posible desde Dios, apoyándonos en Él.

La conclusión del Sermón de la Montaña, el cierre de las antítesis que hemos comentado es el "sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". Jesús nos sitúa en este momento en tensión, en un continuo avance hacia la perfección que, lejos de conquistarse de una vez para siempre, es un camino que no cesa, que nos indica que la auténtica humanidad es mucho más profunda y exigente que los preceptos anteriores, pues el ser humano está llamado a ser un hombre nuevo, divinizado, cuyo referente es Aquel de quien somos imagen y semejanza.

Como decíamos, Jesús se enfrenta a la Ley no para destruirla, sino para eliminar todos los añadidos que deshumanizan, pues el ser humano está llamado a algo más profundo que vivir heterónomamente una ley, está llamado a vivir en Dios y desde Dios.

Como decía S. Ireneo,“Gloria enim Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei”.  "Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios"



PD: He estado todos estos días sin aparecer por los mundillos blogueros porque he tenido el ordenador fuera de servicio. No he tenido acceso a él hasta hace unos días.

viernes, 23 de marzo de 2012

Reflexión sobre los laicos, Lumen Gentium


 


A partir del Vaticano II se reconsidera al laico en su justo valor, naciendo la "Teología del laicaco". Esto es muy importante porque, hasta entonces, el laico había vivido de una espiritualidad "prestada" (la de la vida consagrada) y no tenía un estatuto teológico propio. Podríamos decir que eramos, si se me permite la broma, el "batallón de los torpes" o el que estaba "al laico del cura".

En este momento, de hecho sigue desarrollándose, la Teología del laicado redescubre aspectos que habían quedado más en la sombra, y pone en valor otros que no se habían estudiado hasta el momento. Con todo, hay que evitar los dos extremos peligrosos:

-Considerar al laico alguien que vive en el mundo (con connotación negativa), que no participa de la liturgia y que tiene poco que decir en la Iglesia (visión muy jerarquizada).

-Considerar que la Iglesia es una comunidad de base, que la jerarquía es algo prescindible y que un ministro ordenado y un laico no se diferencian en nada.

Hay que considerarse en tensión entre estos dos polos, evitando quedarnos estancados en uno de ellos.

Tomemos ahora en consideración algunos aspectos de la Lumen Gentium, capítulo IV, sobre los laicos, pues el Magisterio de la Iglesia es una guía segura.

Quizás sea un poco largo, pero creo que conviene que los laicos nos formemos y tomemos conciencia de lo que somos. Es verdaderamente triste que muchos de nosotros desconozcamos los textos del Concilio.

Se puede leer en varios momentos, un punto cada vez.




Lumen Gentium








Nº 31: " Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia." (Visión negativa, es decir, define lo que no es el laico).

"Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde." (Visión positiva, es decir, define lo que sí es el laico)

"El carácter secular es propio y peculiar de los laicos" Aquí viene algo muy importante, lo específico de los laicos: 

 "A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor."

(Esto es reflexión mía: De modo que, la función principal del laico es testimoniar a Cristo en la realidad en la que le ha tocado vivir, sin necesidad de pertenecer a un grupo concreto, a una pastoral concreta. Es decir, la vida del laico no puede ser una división de la personalidad, por ejemplo: Yo vivo una vida normal, en mi trabajo y en mi familia soy uno más y mi misión de laico la desarrollo en la pastoral con los jóvenes que organiza la diócesis o en el grupo "x". 

Todo eso está muy bien, si no se olvida que la misión del laico es testimoniar a Cristo en el mundo, en su familia, en su trabajo, con una única conciencia cristiana. Muchas veces perdemos las fuerzas en apostolados de puertas para adentro, y olvidamos la misión ad gentes, en el mundo, en aquellos que necesitan conocer a Cristo.)

Nº 32: "Por tanto, el Pueblo de Dios, por El elegido, es uno: «un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4,5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la esperanza e indivisa la caridad. No hay, de consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo, porque «no hay judío ni griego, no hay siervo o libre, no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois "uno" en Cristo Jesús» (Ga 3,28 gr.; cf. Col 3,11)"

Nº 33: " Ahora bien, el apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos [113]. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7)."

" Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia."

Nº 34:  Los laicos participan del Sacerdocio de Cristo:

 " Dado que Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta.

Pues a quienes asocia íntimamente a su vida y a su misión, también les hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo cual los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios."

 Nº 35: Y de la función profética de Cristo:

 "Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes, consiguientemente, constituye en testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social. Se manifiestan como hijos de la promesa en la medida en que, fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente (Ef 5, 16; Col 4, 5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf. Rm 8, 25). Pero no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo «con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos» (Ef 6, 12)."

Nº 36: Y de la función real:

" Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28). Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12). Más aún, para que, sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» [115]. Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21). Grande, en verdad, es la promesa, y excelso el mandato dado a los discípulos: «Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Co 3, 23). 

Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado"

Nº 37: "Los laicos, al igual que todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia [117] de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y les sacramentos. Y manifiéstenles sus necesidades y sus deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia [118]. Esto hágase, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo."

" Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos [119]. En cuanto a la justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán respetuosamente."

" Son de esperar muchísimos bienes para la Iglesia de este trato familiar entre los laicos y los Pastores; así se robustece en los seglares el sentido de la propia responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores. Estos, a su vez, ayudados por la experiencia de los seglares, están en condiciones de juzgar con más precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia entera, robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo."

Nº 38: Conclusión:

" Cada laico debe ser ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo. Todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cf. Ga 5, 22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados (cf. Mt 5, 3-9). En una palabra, «lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo» [120]."






 

Como hemos visto, el laico queda constituido en cuanto:

-Bautizado-Confirmado
-Hijo de Dios
-Miembro de Cristo
-Templo del Espíritu Santo

En cuanto bautizado, comienza a participar del sacerdocio existencial de Cristo, a través de la entrega de su propia vida. Consagra a Dios toda su realidad.

Es miembro de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Encargado de extender el Reino de Dios en el mundo desde su única conciencia cristiana. Todo esto lo hace en el mundo, por eso lo específico del laico es su carácter secular, pues en él está llamado a la santidad.


lunes, 5 de marzo de 2012

Hablar de Jesús

Traigo hoy unas palabras del sacerdote Juan Antonio Paredes, que fue profesor mío de Teología Fundamental:

 El cardenal de Barcelona lidera una iniciativa evangelizadora que durará toda la Cuaresma. "Quizá, dice, hemos hablado mucho de la Iglesia, ahora queremos hablar de Jesús". Por mi parte, pienso que el mayor problema que tiene el hombre de hoy, con relación a la fe, consiste en saber si se puede ser una persona del siglo XXI, sumergida en la cultura científica, y creer en la existencia de Dios. ¡Dios es el gran reto que tenemos los creyentes actuales!

A veces no caemos en la cuenta de que, en nuestras homilías y en nuestros escritos, centramos nuestro esfuerzo en decir a los fieles lo que tienen que hacer o dejar de hacer; y apenas si nos ocupamos en hablar de Dios, que debe ser el centro de toda tarea evangelizadora y homilética. Nuestra predicación, nuestras catequesis y nuestros diálogos rezuman de moralismo, y no advertimos que el pueblo necesita que le hablen más de Dios, con la autoridad del testigo; que le ayuden a descubrir el rostro de Dios y que le den criterios para dicernir su voz y su llamada.

Porque sólo Dios es la plenitud del hombre: la fuerza fecunda que le ayuda a descubrir y a desarrollar sus mejores energías. O como dice el Evangelio, a poner en circulación sus talentos y sus posibilidades. Porque la persona educada en el moralismo, ve la fe como una carga que hay que llevar, pero no descubre su alegría, nos advierte que es un auténtico tesoro, ni disfruta de la paz, del amor y de la bondad que el Espíritu Santo derrama en el corazón de toda persona creyente. Pues Dios es la plenitud del hombre y el camino hacia su realización más profunda.

Por eso me ha parecido que el cardenal Sistach ha sabido centrar la tarea evangelizadora, al decir que hablemos más de Jesús. Porque Jesús de Nazaret es el mejor camino hacia Dios, la puerta de la experincia más honda del amor y de la misericordia divinas. Que no en vano nos dejó dicho que quien le ha visto a Él, ha visto al Padre. Y en eso consiste el Evangelio: en saber que Dios sí existe y nos ama, que se ha hecho compañero de camino en la persona de Jesús y que por la fe en Jesucristo nos ayuda a alcanzar las cumbres de humanidad más sublimes. Es lo que nos enseñan, con su vida y con su palabra, los Santos. 


sábado, 18 de febrero de 2012

El sentido de la virginidad de María

Traigo para hoy sábado, día que la Iglesia dedica a María, una reflexión acerca de su virginidad que hace el teólogo dominico Fr. Juan José de León Lastra.

Creo que es interesante que reflexionemos, siquiera brevemente, sobre el sentido de este dogma para que evitemos quedarnos en la superficie o, lo que es peor, lo concibamos como un desprecio a la dimensión sexual.

La virginidad de María va mucho más allá del puro ámbito sexual. Tiene una significación más rica.



"Ser Virgen María es ante todo un modo de decir que el fruto de su vientre es algo que viene realmente de Dios, no alguien que es concebido por la simple acción de las fuerzas humanas; el nacimiento virginal de Jesús hace referencia directa al mismo Jesús, no a su madre.

La virginidad en María, que se extiende antes y después del nacimiento de su hijo, manifiesta, no simplemente una carencia de relación sexual, o una virginidad ritual del tipo de las vestales, sino un modo de ser. Un modo de ser que hace alusión directa a su autonomía, a su relación inmediata con Dios, sin necesidad de definirse por su relación al varón ni siquiera para ser madre; es el símbolo de una mujer que en sí misma adquiere toda la dimensión de su ser: sólo mira inmediatamente a Dios que, por otra parte, es carne de su carne; y a través de Él a todos los hombres y mujeres.

De Él recibe únicamente la vida que hay en su seno y a Él da cuenta de ella. Es esa virginidad la que le da libertad de espíritu, intrepidez, fuerza, que le permite abordar las situaciones por las que ha de pasar. En concreto es la virginidad la que manifiesta que es exclusivamente suya la decisión de cooperar libre y responsablemente a la aparición de la Gracia de Dios entre nosotros, su hijo y Señor, Jesús."

viernes, 18 de noviembre de 2011

Los milagros






"El milagro representa (...) una anticipación al orden escatológico, cuando haya un cielo nuevo y un mundo nuevo: Es el futuro que invade el presente y le da un sentido, puesto que manifiestan ya la dynamis transformadora de Dios actuando en nuestro mundo".  (R. Latourelle, Milagro, en René Latourelle, Rino Fisichela, Salvador Pié Ninot, Diccionario de Teología Fundamental, Madrid, Ed. Paulinas)

Breves pinceladas sobre la múltiple significación de los milagros en el Nuevo Testamento

-Aquí sigo a Gonzalez de Cardenal, Cristología, Serie de manuales Sapienta Fidei, BAC-

a) Obra de Dios

El NT pone a Dios, Creador y Padre amoroso, como autor de los milagros. Él les otorga su sentido específico y hacia Él orientan. Los milagros revelan la trascendencia y a la vez la inmanencia, la santidad y a la vez la bondad de Dios para el hombre.

b) Realización de Cristo

Él es el Mediador de la acción divina. Pasan por su conciencia y por su libertad. Son obras de su persona, revelan su corazón, transmiten su forma de comprender el mundo y de vérselas con el hombre. Muestran sus entrañas de misericordia.

Los milagros acreditan a Jesús como portador de la Revelación y de la salvación divinas. Los milagros del evangelio no son concebibles sin la persona de Jesús y ésta, a su vez, es impensable sin los milagros.

c) Signos para el hombre

El objetivo primordial del milagro no es asombrar o asustar al hombre, sino llamarlo, invitarlo, introducirlo en un diálogo con Dios, en el cual se da una comunicación de la conciencia divina al hombre.

d) Superación del orden normal de la creación (signa recreationis)

Se trata de una nueva irrupción de la potencia divina en el ser creado, por la cual éste puede crear otros efectos, porque participa de una forma más intensa de la vida divina. No se trata, por consiguiente, de una negación o derogación de sus leyes, sino de un incremento de realidad divina, que acercan más a Dios.

La naturaleza, en cuanto creación, está al servicio del destino de gracia propio del hombre. El milagro, liberándola de los poderes del mal, la sana y la plenifica.

e) Anticipación del destino escatológico de la humanidad

Este destino consiste en la comunión con Dios y en la plenitud de vida humana derivada de aquella. Esa vida futura, que será definitiva, se anticipa en esta. En este sentido, los milagros son destellos que nos dejan sospechar lo que será la vida del hombre cuando Dios lo sea todo en él y esté del todo redimido (signa proleptica consummationis).

f) Significado para la Cristología

Los milagros son los signos del Reino que viene. Acreditan a Jesús como Mesías y comprometen a los hombres invitándolos a creer en él.

Simbolizan la permanente actividad creadora de Dios en la historia humana en función de sus hijos. Son una señal que muestran la eficacia de las palabras de Jesús, reclamando tener una autoridad dada por el Padre para llevar a cabo su obra en el mundo.






En resumen: Los milagros son don de Dios, destellos anticipadores del mundo que viene; prolepsis de la nueva creación y de la nueva humanidad que esperamos y que se nos manifiesta radicalmente vencedora en la resurrección de Jesús.

La resurrección es otra clave necesaria para entender los milagros, ya que en ella se manifiesta de manera absolutamente plena la acción de Dios como sanación definitiva de lo que es la mortalidad, la enfermedad y limitación de la existencia humana irredenta. Es la anticipación victoriosa de lo último y, con ello, el Resucitado se convierte en prototipo de la humanidad futura.

El milagro, por tanto, no tiene que ver con extraños enigmas, sino con el Misterio de Dios. Es una gracia que sostiene nuestra debilidad en el tiempo, como promesa que nos sostiene ante el futuro, y como ayuda  para la transformación del mundo, que Dios no nos ahorra sino que nos exige.

El milagro es, en definitva, la victoria de Jesús sobre el mal, sus señores y servidores.


jueves, 17 de noviembre de 2011

La gratuidad del Reino de Dios



   
El contenido central de la predicación y el sentido de la existencia de Jesús son la realidad y realización de la soberanía real de Dios, el Reino, como salvación para el hombre. Esta idea del reino de Dios, "Dios Rey", arraigada en los estratos últimos del A.T. (Sal 145,13; Dan 2,44; 4,31), centra toda la predicación de Jesús e instaura la conexión entre la proclamación inicial y las acciones posteriores, las parábolas, las bienaventuranzas, la vocación de Israel y las exigencias del discipulado, los milagros, la última cena y la muerte en la cruz.


¿Cuál es la novedad que entraña este Reino?

"Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio" (Lc 7,22)

En la sociedad en la que vivió Jesús a los enfermos (cojos, ciegos, leprosos...), se les consideraba como muertos en vida, malditos por Dios. En este sentido, Jesús "resucita" ya en vida a aquellos que se creían condenados, les rehabilita su dignidad, cumpliéndose así lo que dice Ezequiel 34, 16: "Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada; curaré a la herida, confortaré a la enferma(...)".

Entre los que Jesús consideraba pobres había publicanos y recaudadores de impuestos. Cabe preguntarse pues, ¿por qué éstos son pobres para Jesús? Para contestar esta pregunta debemos decir ,en primer lugar, que Jesús entendió el concepto "pobre" en el contexto que explicita Isaías, es decir, oprimidos en un sentido amplio.

A los publicanos y recaudadores se los despreciaba socialmente, se les negaban derechos civiles. Eran expulsados de la sinagoga y de las comunidades. Debemos añadir que las condiciones del arrepentimiento eran muy difíciles de cumplir, pues les exigían que dejasen su cargo y, por lo tanto, su forma de ganarse la vida, así como que reparasen económicamente a la comunidad en unos términos ciertamente abusivos.

Otra denominación de los pobres eran los pequeños, los sencillos, gente sin formación y, por lo tanto, poco piadosa, poco instruida en la Toráh. Estas personas también eran despreciadas socialmente.

En definitiva, los pobres a los que Jesús ofrece el Reino eran personas difamadas, marginadas, por cuyo comportamiento moral se les negaba la salvación. Dicho ofrecimiento es incondicional, es decir, aquellos que parecían no tener derecho a la salvación tienen participación en el Reino de Dios sin previo merecimiento.

La gran novedad del mensaje de Jesús son ,pues, los destinatarios, aquellos que eran despreciados. Este hecho supuso un choque frontal con la mentalidad de su época, por esa razón, el mismo Jesús dice: "Y dichoso el que no se escandalice de mí" (Lc 7,23)

El núcleo de ese escándalo reside en que, para Jesús, el Reino de Dios se ofrece incondicionalmente. Es la primacía del amor de Dios, el cual no se encuentra subordinado a la respuesta humana (Lc 7,41). En este sentido,Jesús cambia lo que se esperaba en la llegada del Reino. Éste no es sólo el juicio y la soberanía, sino una bondad de Dios que sobrepasa toda comprensión. Pensemos, por ejemplo, en la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20, 1-16).

Esta es también la diferencia entre Jesús y el Bautista. Ambos mensajes son de conversión pero con notable diferencia en los acentos; Mientras que para Juan la conversión es el paso previo necesario para obtener el perdón de Dios, para Jesús ésta era la consecuencia de acoger el perdón de Dios que se ofrece al hombre gratuitamente. Como ejemplo de esto, recordemos la conversión de Zaqueo (Lc 19,1-10). Éste es acogido por Jesús y este gesto gratuito del Señor lo derrumba y provoca su conversión.








Finalmente, podemos establecer un paralelismo asimétrico entre Juan (Antiguo Testamento) y Jesús (Nuevo Testamento), en la que la diferencia más notable radica en el hecho de que el Reino de Dios es visto por Jesús como don, regalo, gracia.



En el siguiente post, D.m., profundizaremos un poquito más en estos conceptos con una breve justificación sobre esta gratuidad del Reino.

miércoles, 26 de octubre de 2011

La nueva evangelización

Os traigo un extracto que he tomado de Religión Digital en el cual se hacen eco de la conferencia de Monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, en el aula "Pérez del Pulgar" (Universidad Pontificia de Comillas).

Este hombre es un "coquito", no en vano el Santo Padre le ha encomendado la presidencia del recién creado consejo que, sin duda alguna, necesita una gran figura que lo dirija. En fin, es una pena no haber podido asistir en persona a dicha conferencia. Os dejo ya el extracto:


"El arzobispo Fisichella, que fue capellán del Parlamento italiano durante 17 años, comenzó precisando el nombre de su propio consejo pontificio, que, a su juicio, no debería llamarse de la nueva evangelización, sino de la "evangelización nueva". Porque evangelizar es "anunciar un mensaje con alegría", dado que "no es sólo el testimonio de un hecho histórico, sino también una fuerza creadora".

De ahí la recuperación del mismo término evangelización (antaño tachado de connotaciones protestantes). De hecho, en el Vaticano I sólo aparece una vez la palabra Evangelio. En cambio, en el Vaticano II, Evangelio se cita 157 veces, evangelizar, 18, y evangelización, 31.

Según Fisichella, la evangelización "es el primer deber del cristiano". Un deber al que no se puede renunciar "sin traicionar el bautismo". Y teniendo siempre en cuenta que "la eficacia de la evangelización no se agota en la predicación, sino en el testimonio: creer no es adhesión a una teoría, sino compromiso de vida y entrega personales".

"Llamados a dar razón de la fe"

Una vez sentado este principio, Fisichella abordó el segundo: "Los creyentes son llamados a dar razón de su fe", porque "la apología no es extraña a creer, pertenece al acto por el que se entra en la lógica de la fe".Una lógica que, en las últimas décadas, "no parece haber apasionado mucho a los creyentes", que escaparon de la repetición de meras formulas de fe, a veces esclerotizadas, para caer en la extravagancia de las innovaciones al intentar atraer al hombre contemporáneo. El punto medio evangelizador actual sería "permanecer fieles a los fundamentos y construir algo coherente que pueda ser comprendido por el hombre de hoy".

Es decir, una nueva apologética que, en la nueva evangelización, tiene que basarse en "la dulzura, el respeto y la recta conciencia", sin "recurrir a la arrogancia, al orgullo o a la superioridad respecto a otras doctrinas".

Una dulzura que, para Fisichella, es "sinónimo de mansedumbre" y de su correspondiente bienaventuranza. Un respeto entendido como "la capacidad de entender al interlocutor" y el sentido de la responsabilidad para "no atenuar la radicalidad del Evangelio ni limitar instrumentalmente sus contenidos". Y, por último, la recta conciencia o la coherencia vital o "una conducta vital irreprochable y creíble".

Ésta es la apologética de la nueva evangelización. "Una apologética positiva" o "presentación del acontecimiento cristiano como anuncio de una novedad esperada" y sin repetir los errores del pasado. Por ejemplo, sin caer en la trampa de reducirlo todo a "demostraciones", a la simple ratio sin fides. De hecho, "el objetivo de la nueva apologética no es demostrar la existencia de Dios y la veracidad de la redención, sino de demostrar que sin su presencia y cercanía el hombre se transforma en un extraño para sí mismo y pierde incluso la alegría de vivir".

Fuente: RD

En fin, no se qué pensarán , pero a mí me ha parecido muy interesante y quería compartirlo con ustedes.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Síntesis Teológica// El árbol de la vida

Ayer tuve que dar la clase de Síntesis Teológica. Me tocó preparar el segundo tema, la transmisión de la Revelación.

Tras el natural nerviosismo inicial y la cierta incomodidad que te produce ser llamado profesor por tus compañeros y por el auténtico, todo fue saliendo genial. En un primer momento impone estar sólo en la tarima de profesor con tus libros y tus esquemas pero, poco después, se le coge el "gustillo". Tiene su aquél ver las caras de los compañeros y sentir que les está interesando lo que les explicas.

Estoy muy satisfecho porque, gracias a Dios, me salió bien la dicción, el ritmo y el contenido, incluso con alguna bromilla para destensar el ambiente. Al finalizar la clase me felicitaron, tuvimos un coloquio para puntualizar ciertos contenidos y a descansar. No hay nada tan satisfactorio como el sentimiento del deber cumplido, del trabajo hecho con cariño.

En fin, mientras tanto sigo con el ritmo estudiantil. Mañanas autoescuela (ya le estoy cogiendo el truquillo a los test de tráfico) y por las tardes Teología (este año me voy a "jartá" de hacer trabajos y exposiciones).








Bueno, antes de irme os dejo unas cosillas. Dos vídeos extraídos de la película "El árbol de la vida". Tratan sobre la Creación del universo y el misterio de la vida. 

Antes de dejaros con los vídeos tengo algo que decir sobre la película, sin extenderme, que eso tocará probablemente en un post dedicado sólo a la misma:

-La película es difícil, no está destinada para todos los públicos debido a la profundidad de la misma y a los arriesgados recursos cinematográficos que utiliza el director, como las narraciones visuales con la voz en off asincrónica.

-Pese a que parece hablar del Dios cristiano, por las referencias bíblicas y la fe de la familia protagonista, las más de las veces parece que trata del dios panteísta,  la divinidad que se confunde con el conjunto de lo creado.

-La película hace una distinción entre naturaleza y gracia, mostrándolas como antagonistas, pues muestra que hay que elegir entre "el camino de la naturaleza y el de la gracia". Esto está más cerca del protestantismo que del catolicismo, pues para la doctrina católica la gracia no suprime la naturaleza, sino que la presupone, la asume y la perfecciona.

-Por lo demás, tiene escenas maravillosas, como la respuesta visual que le da Dios a la madre de familia cuando ésta pregunta ¿quiénes somos para ti?. En ese momento se muestra como respuesta una secuencia maravillosa sobre la creación del universo.

-En cuanto a la temática, la película es un trasunto de la historia de Job, una reflexión acerca del sentido de la vida, el sufrimiento, la felicidad, Dios, el hombre... Me parece muy acertada la temática, expresada magistralmente a lo largo de la película tanto en las escenas cotidianas de los protagonistas como en las más sobrecogedoras anteriormente mencionadas.

-Sin embargo, como he dicho más arriba, me decepciona que el dios que aparece en la película, aún con connotaciones cristianas, está más cerca del panteísmo o la new age que del Dios vivo y verdadero.

-La banda sonora es, sencillamente, magnífica.

-Finalmente, la película es digna de ver, por ser una joya visual que invita a la reflexión. Con todo, prevengo nuevamente; es una película difícil, es larga (139 min), y su espiritualidad es difusa.

Madre mía, creo que me he excedido. Iba a poner dos notas sobre la peli y me he enrollado mucho. Perdonadme.

Sin más, os dejo con los vídeos:

Escenas del universo




El Misterio de la vida

Este vídeo no lo puedo insertar, de modo que os dejo el enlace:

http://youtu.be/3ghRq4OOdMM

sábado, 27 de agosto de 2011

Dios y el sufrimiento


Ante todo, muchísimas gracias por vuestro apoyo y vuestras oraciones. Queridos amigos, sois una bendición del Señor. Que Él recompense vuestra preocupación, vuestras oraciones y las palabras de ánimo que me habéis hecho llegar por mi blog y por mi correo electrónico.

Ya hice un día una reflexión sobre Dios y el sufrimiento, precisamente por el caso de mi sobrina, pero hoy me apetece reflexionar nuevamente sobre este mismo tema.

Dios ni quiere ni manda el sufrimiento. Éste es inevitable en una realidad contingente, finita, limitada. Por el contrario, Dios mismo se encarnó, se hizo uno de nosotros, experimentó en su carne lo que significa ser criatura, lo que significa recorrer esta hermosa pero terrible travesía que es la vida. El rió, lloró, comió,bebió, disfrutó de un amanecer, de una noche estrellada, se entristeció de la muerte de Lázaro, se compadecía, se cansaba, se enfadaba, soñaba... y también experimentó la soledad, la traición, la angustia más desoladora, la noche más oscura hasta el punto de sudar sangre.

Experimentó lo que significa el sufrimiento en toda su profundidad. Los insultos, los golpes, la sinrazón, el odio, la tortura, la muerte. Como dice el teólogo Martín Gelabert, " esta sería la última consecuencia de la Encarnación de Cristo, de su realísima humanidad, una humanidad como la nuestra, limitada y finita como la nuestra. La solidaridad de Cristo con nuestra humanidad no tuvo nada de ideal y sí mucho de real."

Este es el auténtico sentido salvífico de la cruz de Cristo. No es que Dios sea un sádico que necesita la sangre de su Hijo para saldar una deuda, sino que Él mismo atravesó las realidades que le son contrarias, el mal ,el pecado, la muerte y las venció. Nos amó hasta el extremo, su amor fue mucho mayor que el pecado, fue lo único capaz de destruir el poder de la limitación y del mal sobre el hombre.

Con su Resurrección se nos garantiza que todo hombre esta llamado, por pura gracia, a participar de la vida de Dios, de su gloria, exento de toda limitación, de todo mal. Este es el sentido por el que merece la pena crear un mundo que, necesariamente, ha de ser limitado. El sentido se lo da el amor de Dios, el cual redime al hombre de la limitación y lo constituye hijo en el Hijo. 


En este sentido, es muy interesante lo que nos dice el teólogo T. Queiruga , “en la totalidad de lo real, el mal tiene desde siempre perdida la batalla”[1]. El hecho de ser seres contingentes implica finitud. La vida misma, la actividad de la materia, supone el desgaste de los organismos vivientes y finalmente la muerte. Todo ello forma parte del fino equilibrio del conjunto de lo real. Lo que nos dice la fe es que tras esos “dolores de parto”[2] Dios nos dará a luz a la vida sin término, y es que con la Resurrección de Cristo la materia misma, fruto de la evolución cósmica, se encuentra glorificada en el seno de la Trinidad. 
Nosotros esperamos pasar por donde pasó Él, esperamos morir y resucitar con Jesús. Nuestra resurrección es la que libra al universo entero de la futilidad, de la destrucción a la que está abocado según los físicos, de la servidumbre al mal de la que nos habla Pablo, puesto que en el plan de Dios el hombre en su totalidad, materia y espíritu, está llamado a participar de su misma Vida divina y salud, ya que somos herederos de Dios y coherederos de Cristo, sufrimos con Él y esperamos ser glorificados con Él[3]. 
Conforme a lo que he ido exponiendo, podemos entender el sentido de Romanos 8,18 “estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”.
De este modo vemos que las realidades del sufrimiento, el mal y la muerte son iluminadas, son vencidas y, por tanto, el dinamismo de la esperanza está garantizado aún en las terribles noches oscuras de la vida. Fuera del Evangelio de Cristo estas mismas realidades se presentan como muros infranqueables, como terribles monstruos que amenazan al ser humano.
 
En efecto, Dios ,que hasta conoce cuántos son los cabellos de nuestra cabeza[4] nos acompaña siempre, no es una deidad impasible y distante contra el que el hombre, con toda razón, puede alzarse en rebeldía ante las realidades del sufrimiento y la muerte ya que éste no las conoce sino que, por el contrario, nuestro Dios ha pasado por la realidad de sus criaturas, nos acompaña. Como dice muy acertadamente Paul Clodel: “Dios, en Cristo, no vino a explicar el sufrimiento sino que vino a llenarlo de su presencia”.
Recordemos también lo que nos dice Mt 25 sobre el Juicio. En todos nuestros hermanos, especialmente en los que sufren a causa de la enfermedad, la limitación, la marginación, el hambre... en ellos se encuentra realmente Cristo, actualizando su pasión, su solidaridad con todo el género humano, "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25, 31 ss)


Termino de nuevo con unas palabras de Martín Gelabert a propósito del artículo del Credo "descendió a los infiernos":
"Cristo atraviesa las fuerzas del destino. Descender a los infiernos para vencerlos es mostrar que ningún destino pesa sobre el hombre hasta el punto de que Dios no pueda forzarlo. La esperanza cristiana es lo opuesto a la sumisión al destino, y su fuente es el acto por el que Cristo ha afrontado y ha vencido al destino de la muerte. Incluso en esos lugares impenetrables, Jesús nos precede abriendo camino y ofreciendo futuro a todos aquellos que aparentemente no tienen futuro." 
[1] T. Queiruga, Creo p.142
[2] Rom. 8, 22
[3] Rom 8, 17
[4] Mat 10,30

lunes, 18 de julio de 2011

La bondad de Dios

Hoy he leído un post del teólogo Martín Gelabert, OP que me ha parecido muy alegre y, por esa razón, quiero compartirlo con todos ustedes.

En él habla de la bondad de Dios, pero también del conocimiento analógico propio de la teología, del que hablé en la serie de post sobre las representaciones de Dios









Todo lo que decimos de él, se queda corto ante la realidad de su ser. Por este motivo, de Dios y su bondad sólo se puede hablar a base de parábolas, de imágenes abiertas que remiten más allá de ellas. Así hablaba Jesús de Dios: “se parece a”. O sea, en el parecido tenemos una línea indicativa, pero la realidad es mucho mayor, tanto que no podemos imaginarla. ¿A qué se parece un Dios bueno? Al propietario de un campo que ofrece el mismo salario a los trabajadores de la última hora que a los que se han esforzado todo el día (Mt 20,1-15).

Eso choca con nuestra sensibilidad social, pero también chocó a quienes lo escucharon por primera vez. ¡Dios es así! ¡Igual de bueno con todos, aunque no todos seamos igual de buenos con él! Su amor no es como el nuestro, que siempre funciona a base de comparaciones, de más y de menos, de celos y rivalidades. Su amor tampoco está condicionado por respuesta alguna. La parábola quiere hacernos descubrir un mundo extraño, sorprendente, que no se refiere sólo a Dios, sino también a nosotros, al mostrarnos una nueva posibilidad de vida en medio de lo cotidiano. Nosotros, al escuchar la parábola, estamos invitamos a ser como Dios. Más aún, sólo la comprendemos cuando buscamos el modo de repetirla en nuestra vida.

La bondad del Padre Dios es tan sorprendente que Jesús llega a decir que “es bondadoso con los malos y desagradecidos” (Lc 6,35). No es bueno porque le gusta o, al menos, porque no le importa que sean malos y desagradecidos, sino porque su bondad y su amor son incondicionales. Como es bueno no le gusta que nosotros seamos malos, quiere que seamos como él. Y no le gusta que seamos malos porque el mal sólo conduce a la catástrofe.

Por eso, Él nunca actúa con maldad. Dios no hace daño a los pecadores, son los pecadores los que se hacen daño a sí mismos. Dios busca el bien de todos, y así “hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mt 5,45). Además, quiere darles tiempo para que se conviertan y enmienden, porque no quiere que nadie perezca. Su bondad se manifiesta en la paciencia que tiene con todos (cf. 2 Pe 3,9), aprovechando cualquier resquicio y oportunidad para orientar nuestra vida hacia el bien. Porque nos quiere felices. Y sólo en el bien, en la bondad, hay felicidad.


Martín Gelabert Ballester, OP

viernes, 8 de julio de 2011

Calores y notas

Bueno, parece que mi ordenador esta resistiendo. Ya he encargado una batería, pero como viene de China, tardará de 10 a 20 días en llegar.

En otro orden de cosas, voy a poner mis calificaciones de este curso. La única que me falta por saber es Corpus Joánico. El profesor parece estar tomándoselo con calma, porque nos examinamos a mediados de junio y ya hemos pasado san Fermín y nada.







I.S.C.R. San Pablo- Málaga





Seminario Metodológico- 9 Sobresaliente

Mariología- 9 Sobresaliente

Teología Espiritual- 9 Sobresaliente

Moral de la Persona y Bioética- 8,5 Notable

Antropología Teológica- 8 Notable

Escatología- 8 Notable

Eclesiología- 10 Matrícula de Honor (muy orgulloso estoy)

Filosofía del Conocimiento- 9 Sobresaliente

Misterio de Dios- 10 Matrícula de Honor (más feliz que una perdiz)


Como os decía, ya os pondré la nota de Corpus Joánico cuando el profesor tenga a bien entregarla.






En fin, cambiando de tercio, qué calor hace ya. Es una auténtica temeridad salir a la calle, si no es inevitable, antes de las 19:00 de la tarde, porque te quedas seco. Menos mal que el ayuntamiento suele poner un toldo en la calle principal de la ciudad, Calle Larios, y eso consigue rebajar un poco los rigores de este sol de justicia.



Y hablando de verano, en Málaga no se entiene este mes sin la referencia a la Stma. Virgen del Carmen.






Justo ahora ha empezado su novena que, como es lógico, culminará el día de su fiesta mayor, el 16 de julio. El domingo siguiente, día 17, se procesionará en rosario de la aurora hasta la catedral, se oficiará su pontifical, quedará expuesta en el puerto de Málaga y posteriormente, ya a la tarde, iniciará su procesión marítima. Finalmente desembarcará y volverá en procesión a su templo, previo saludo de los frailes Carmelitas Descalzos.

Es una procesión realmente digna de ver, muy malagueña, que reune a cientos de mis conciudadanos entorno a la imagen de María. Sin duda, la religiosidad popular, la fe de personas sencillas, la tradición y el folclore se dan la mano en este día.

Os dejo, para finalizar, una foto ampliada del Niño Jesús que lleva la Virgen ya que, para mi gusto, es una de las mejores tallas que he visto.










Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quién quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines,
flor de serafines;
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

No quiero contento,
mi Jesús ausente,
que todo es tormento
a quien esto siente;
sólo me sustente
su amor y deseo;

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.



Santa Teresa de Jesús

miércoles, 8 de junio de 2011

Hablemos del infierno

Bueno, lo prometido es deuda, aquí va el post sobre el infierno.

Me propongo, a ver si lo consigo, reflexionar sobre un tema poco y mal tratado por muchas personas, el infierno. La dinámica será sencilla, una serie de preguntas y respuestas, que espero no se hagan pesadas, que voy a elaborar siguiendo a una voz autorizada, a Juan L. Ruiz de la Peña.

Espero que os pueda dar algo de luz. Comenzamos.




¿Es el infierno un lugar físico? ¿Las llamas, que tan a menudo sirven para representarlo, son físicas?


-No, no es un lugar físico, pues se encuentra fuera del espacio y del tiempo. Lo podemos denominar como un estado existencial.

-Evidentemente las llamas tampoco son físicas, son una representación gráfica que no se puede seguir al pie de la letra. Constituyen, principalmente, un símbolo del tormento interior de los condenados, es decir, la pérdida de Dios






¿Existe el infierno?


-
Sí, existe el infierno. Un rápido recorrido por la Escritura nos basta para ver esta realidad.

En el Antiguo Testamento: Se insinúa en el concepto de Scheol y en textos que hablan sobre el oprobio y la condena, tales como Is 66,24; Dan 12,2; Sab 5,14; 3,10; 4,19.

En el Nuevo Testamento: Perder la vida (Mc 8,35; Mt 10,28; Jn 12,25)
No ser conocido (Mt 7,23
Ser echado fuera (Lc 13,23; Mt 22,13)
Gehena (Mt 18,19)
Horno (Mt 13,50)
Fuego inextinguible (Mc 9,43)
Llanto y rechinar de dientes (Mt 13,42)
Estanque de fuego y azufre (Ap 19,20)




¿En la Revelación, se puede poner el infierno al mismo nivel que el cielo?


- No. La razón es clara. Una de las más finas persuasiones del A.T. es la de la bondad de Dios y sus obras. Dios vio que era bueno cuanto había hecho (Gén 1); no ha creado nada para la muerte, ni aborrece nada de lo que existe (Sab 1,13; 11,24); no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,23; 33,11).

El N.T. define a Dios, pura y simplemente, como amor (1 Jn 4,8) y le atribuye el propósito ,serio y eficaz, de que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4); a tal fin usa de paciencia, prolongando la historia, puesto que no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan ( 1Pe 3,9).

Jesús mismo se define como salvador "porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,17); "Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no lo condenaré, porque no he venido para condenar al mundo, sino para salvar al mundo" (Jn 12,47).

Tampoco Pablo piensa que el Evangelio sea un anuncio bivalente de salvación o condenación: " la palabra que os dirigimos no es sí y no. Porque el Hijo de Dios (...) no fue sí y no; en él no hubo más que sí" (2 Cor 1,18ss). Y en Rom 8,31ss el Apóstol muestra cómo ni el Padre ni el Hijo acusan o condenan, de modo que "nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo".

No hay duda, a la vista de los textos, y de otros muchos que se podrían aducir, de que, en puridad, la doctrina de la muerte eterna no pertenece al evangelio que es, en su significado literal, "la buena noticia", anuncio de salvación y no de salvación o condenación.

En síntesis podríamos decir que la revelación del infierno sólo es posible desde la revelación del cielo, destino para el cual crea Dios al hombre por pura gracia y amor. En definitiva es, por así decir, la imagen invertida de la vida eterna junto a Dios.









¿Por qué decimos que es factible el infierno?


Desde un punto de vista antropológico partimos del ser humano como una persona inteligente, libre y responsable. De aquí se deduce la posiblilidad del hombre de usar mal su libertad, esto es, el pecado o la culpa.

Desde el punto de vista teológico debemos decir que el no a Dios es posible, y esto se deduce, supuesto lo anterior, por varias razones:

-Por la seriedad de la actual economía salvífica: La gracia, la amistad de Dios, no se impone por decreto, se ofrece libremente, corriendo el riesgo de ser libremente rehusada. Dios no se impone al hombre, éste no es una marioneta, sino su interlocutor. Pues bien, en la posibilidad real de un sí a Dios - que ningún creyente negará - de un sí libre a Dios, se contiene la posibilidad real del no, sin ésta aquella sería insostenible.

-La otra razón nos viene suministrada por la experiencia. Ésta registra la existencia actual del no a Dios en la forma del no a la imagen de Dios (Mt 25,31ss). Lo que dejamos de hacer con los más pequeños, con los más débiles, se lo dejamos de hacer a Dios. Pues bien, estos actos demandan una responsabilidad subjetiva del hombre frente y contra Dios, a través de la mediación del prójimo.

Quien dude de la facticidad del infierno sólo tiene que echar una ojeada a la Historia y ver todas las situaciones infernales que ha creado el hombre, violaciones, asesinatos, genocidios,guerras, torturas, campos de concentración, sacrilegios, blasfemias... Por ello, quien dude de su facticidad debería admitir la aptitud del hombre para instaurar y consolidar verdaderos infiernos en la historia. Pues bien, de la existencia de los infiernos intrahistóricos podemos deducir, al menos como posibilidad, la existencia de un infierno metahistórico, pues en aquellos está hecho el ensayo general de éste.









Llegados a este punto, ¿en qué consiste el infierno? ¿cuál es la estructura de la muerte eterna?


Lo primero que debemos decir es que nos encontramos ante el misterio y, por tanto, debemos ser prudentes y humildes.

El infierno es principalmente el no a Dios, y ello conlleva la ruptura de los lazos de comunicación con Dios y con el prójimo. Si el cielo es esencialmente la comunión con Dios el infierno será, por consiguiente, lo contrario.

Dicen los psicopedagogos que la primera necesidad del niño es comunicarse con el mundo que le rodea pues, realmente, somos seres sociales, estamos constitutivamente abiertos al Otro y a los otros. Pues bien, esa ruptura eterna que es el infierno se resume en la eterna soledad, en la consumación de una existencia egoísta y egolátrica... por eso se nos dice que el único sonido será el "llanto y el rechinar de dientes", como expresión del sonido inarticulado, incapaz de transmitir información, de comunicarse con los otros.

En definitiva, el infierno inaugura una existencia rigurosamente inédita. En realidad todavía no sabemos lo que es vivir sin Dios; ser hechos para Él y no poder llegar a Él; percibir lo que representa el centro de nuestro dinamismo humano como una fuerza repulsiva, perder de este modo el sentido de una existencia que ya no tiene objeto.








Finalmente ¿es Dios quien condena al infierno?

No. Podemos decir que la muerte eterna es la sanción inmanente de la culpa. Concebirla como una serie de penas impuestas desde fuera sería un error que, entre otras cosas, llevaría a la nefasta conclusión de la causalidad positiva de Dios en su existencia, esto es, que Dios crea el infierno.

Lo que impropiamente se ha llamado con frecuencia "castigo divino" no es tal; Dios no necesita crearlo, porque late ya en la estructura ontológica del pecado y del pecador. Es fruto consumado de una libertad mal utilizada, de una existencia autárquica, autosuficiente y ególatra.

Por tanto, Dios ni crea ni quiere el infierno sino que, respetando la libertad humana, sanciona la culpa que nosotros mismos nos hemos procurado.


Por último, dos peligros a evitar en la catequesis y la predicación:

-Un extremo sería elevar la doctrina de la muerte eterna al rango de verdad primera y fundamental. Esto supone un grave error, pues representa una distorsión intolerable del evangelio, que es buena noticia, anuncio de salvación, y no propuesta simétrica salvación/condenación.

-El otro extremo sería negar su existencia, pues supone mutilar el evangelio y manipular ilegítimamente la Palabra de Dios, así como negar, al menos implícitamente, la verdadera libertad del hombre.








Curiosidad:

¿Sabías que...

la Iglesia nunca ha afirmado solemnemente que ninguna persona en concreto se encuentra en el infierno?

En efecto, siempre se canoniza (en el sentido de inscribir en el canon) a los santos, que se encuentran junto a Dios... pero no a los condenados.

La razón es sencilla; la prudencia. A La Iglesia no le corresponde escrutar el fondo de la conciencia del moribundo y la Misericordia de Dios en el último momento de la muerte.


Espero que os sirva de algo... y perdón por lo largo que ha salido, espero que para vosotros este post, a la hora de leerlo, no os haya resultado un infierno.