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viernes, 18 de noviembre de 2011

Los milagros






"El milagro representa (...) una anticipación al orden escatológico, cuando haya un cielo nuevo y un mundo nuevo: Es el futuro que invade el presente y le da un sentido, puesto que manifiestan ya la dynamis transformadora de Dios actuando en nuestro mundo".  (R. Latourelle, Milagro, en René Latourelle, Rino Fisichela, Salvador Pié Ninot, Diccionario de Teología Fundamental, Madrid, Ed. Paulinas)

Breves pinceladas sobre la múltiple significación de los milagros en el Nuevo Testamento

-Aquí sigo a Gonzalez de Cardenal, Cristología, Serie de manuales Sapienta Fidei, BAC-

a) Obra de Dios

El NT pone a Dios, Creador y Padre amoroso, como autor de los milagros. Él les otorga su sentido específico y hacia Él orientan. Los milagros revelan la trascendencia y a la vez la inmanencia, la santidad y a la vez la bondad de Dios para el hombre.

b) Realización de Cristo

Él es el Mediador de la acción divina. Pasan por su conciencia y por su libertad. Son obras de su persona, revelan su corazón, transmiten su forma de comprender el mundo y de vérselas con el hombre. Muestran sus entrañas de misericordia.

Los milagros acreditan a Jesús como portador de la Revelación y de la salvación divinas. Los milagros del evangelio no son concebibles sin la persona de Jesús y ésta, a su vez, es impensable sin los milagros.

c) Signos para el hombre

El objetivo primordial del milagro no es asombrar o asustar al hombre, sino llamarlo, invitarlo, introducirlo en un diálogo con Dios, en el cual se da una comunicación de la conciencia divina al hombre.

d) Superación del orden normal de la creación (signa recreationis)

Se trata de una nueva irrupción de la potencia divina en el ser creado, por la cual éste puede crear otros efectos, porque participa de una forma más intensa de la vida divina. No se trata, por consiguiente, de una negación o derogación de sus leyes, sino de un incremento de realidad divina, que acercan más a Dios.

La naturaleza, en cuanto creación, está al servicio del destino de gracia propio del hombre. El milagro, liberándola de los poderes del mal, la sana y la plenifica.

e) Anticipación del destino escatológico de la humanidad

Este destino consiste en la comunión con Dios y en la plenitud de vida humana derivada de aquella. Esa vida futura, que será definitiva, se anticipa en esta. En este sentido, los milagros son destellos que nos dejan sospechar lo que será la vida del hombre cuando Dios lo sea todo en él y esté del todo redimido (signa proleptica consummationis).

f) Significado para la Cristología

Los milagros son los signos del Reino que viene. Acreditan a Jesús como Mesías y comprometen a los hombres invitándolos a creer en él.

Simbolizan la permanente actividad creadora de Dios en la historia humana en función de sus hijos. Son una señal que muestran la eficacia de las palabras de Jesús, reclamando tener una autoridad dada por el Padre para llevar a cabo su obra en el mundo.






En resumen: Los milagros son don de Dios, destellos anticipadores del mundo que viene; prolepsis de la nueva creación y de la nueva humanidad que esperamos y que se nos manifiesta radicalmente vencedora en la resurrección de Jesús.

La resurrección es otra clave necesaria para entender los milagros, ya que en ella se manifiesta de manera absolutamente plena la acción de Dios como sanación definitiva de lo que es la mortalidad, la enfermedad y limitación de la existencia humana irredenta. Es la anticipación victoriosa de lo último y, con ello, el Resucitado se convierte en prototipo de la humanidad futura.

El milagro, por tanto, no tiene que ver con extraños enigmas, sino con el Misterio de Dios. Es una gracia que sostiene nuestra debilidad en el tiempo, como promesa que nos sostiene ante el futuro, y como ayuda  para la transformación del mundo, que Dios no nos ahorra sino que nos exige.

El milagro es, en definitva, la victoria de Jesús sobre el mal, sus señores y servidores.


miércoles, 25 de agosto de 2010

Una historia milagrosa

Alexis Carrel


Me dispongo a contaros una historia tan real como sorprendente pero, considero oportuno, aclarar antes una cuestión que es fundamental en la misma; ¿Qué es un milagro?

-En primer lugar diremos que el gran milagro de Dios es Jesucristo, la Palabra, el Hijo que se ha hecho humano como nosotros y por nosotros. Él es el inicio de la nueva creación y la plenitud de todo cuanto existe. Dejando esto claro podemos seguir a René Latourelle y afirmar que el milagro "representa entonces una anticipación al orden escatológico, cuando haya un cielo nuevo y un mundo nuevo: Es el futuro que invade el presente y le da su sentido, puesto que se manifiesta ya la dynamis transformadora de Dios actuando en nuestro mundo".

-En efecto, el milagro es pues muestra de la misericordia y del amor que Dios nos tiene, es una prenda de esperanza que nos trasmite el siguiente mensaje "estoy con vosotros, el mal será vencido en el futuro que os tengo preparado"; en definitiva los milagros son cauces de una llamada de Dios y de su presencia, es por ello que al milagro físico suele sucederle el milagro moral, la conversión.

Comencemos con la historia:



El 28 de mayo de 1902, Marie Bailly, enferma de peritonitis tuberculosa, moribunda, era una peregrina más al santuario de la Virgen de Lourdes. Con ella viajaba el joven médico Alexis Carrel, que estudió la enfermedad de la mujer y llegó a afirmar con cierta ironía “si esta mujer se cura en Lourdes yo me meto a monje”.

Llegados por fin a destino, se introdujo la mujer en el agua con ayuda de unas enfermeras y quedó instantáneamente curada. A partir de aquí se inició un proceso habitual y perfectamente establecido, que inicia el Bureau Medical de Lourdes, creado en 1884 como organismo científico integrado por especialistas creyentes, agnósticos y ateos, y que estudia si una curación va técnicamente o no en contra de las leyes de la medicina. En 1947 su capacidad de estudio se reforzó con la aparición de la Comission Médicale Internationale.

Establecida la realidad de la enfermedad, la curación, la imposibilidad de dar una explicación natural y la ausencia de recaída, una comisión canónica designada al efecto por la Iglesia dictamina si el hecho debe ser considerado o no milagro, entre otras cosas porque haya ocurrido en relación a circunstancias religiosas tales como la oración ferviente. Para los procesos de canonización, el comité médico se llama Consulta Médica y su modus operandi es bastante similar.

Nada más (ni nada menos) habría ocurrido aquel 28 de mayo si no hubiese estado cerca del acontecimiento admirable el joven médico francés, Alexis Carrel, que quedó profundamente impresionado.

Carrel había estudiado en los jesuitas de Lyon, pero ya en 1902 era más que escéptico frente a temas religiosos. Acompañó la peregrinación a Lourdes de Marie, como médico de oficio, habiendo declarado poco antes que "el milagro es un absurdo, es cierto; pero si en condiciones bien concretas se llega a comprobar con certeza, es preciso admitirlo".

En un libro que escribiría años más tarde, titulado "Mi viaje a Lourdes", narró la experiencia y cómo por ella se convirtió al catolicismo: el milagro físico dio como fruto el milagro moral de su conversión.

Poco tiempo después, emigró a los Estados Unidos, donde trabajó primero en el Laboratorio de Fisiología de la Universidad de Chicago, y desde 1906 en el prestigioso Instituto Rockefeller de Investigación Médica, actualmente en funcionamiento.

Alexis Carrel fue el primero en coser con éxito vasos sanguíneos –desarrollando una técnica que impedía la coagulación de la sangre– y en llevar a cabo transfusiones de sangre. Desarrolló las primeras técnicas de cultivo de tejidos y órganos separados del cuerpo, que le permitieron comenzar a trabajar en el transplante de órganos, siendo pionero en este campo hoy tan conocido. Por estos exitosos estudios le fue concedido el Premio Nobel en Fisiología o Medicina en 1912 ¡a un agnóstico convertido al catolicismo que creía en los milagros de Lourdes! Su fecunda actividad científica no terminó aquí, si no que continuó intensamente en años posteriores.

Durante la Primera Guerra Mundial descubrió una sustancia que evitaba la infección de las heridas de los combatientes: la solución Carrel-Dankin. Más tarde y en colaboración con el primer aviador que cruzaría el Atlántico, Charles A. Lindbergh, fabricó un corazón artificial para mantener vivos fuera del donante los órganos a transplantar.

Para finalizar os dejo lo que escribió en su diario la misma noche de la curación:

"Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo que Tú has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo, y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionadamente y ciegamente, sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador que, con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas, se agita corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en Ti y el de amarte como aman los monjes de alma pura".